Vivir Con La Tele Prendida

Era uno de los argumentos favoritos de mi mamá cuando nos retaba por no ayudar en la casa. “Viven con la tele prendida” nos decía, mientras nos mandaba a ordenar la mochila y el uniforme para el día siguiente. Teníamos que hacerlo antes de las ocho de la tarde, porque a las ocho empezaba la teleserie (actividad familiar obligatoria).

Hoy, veinte años -y unos pocos más- después, incluso después del ocaso de la TV lineal y el advenimiento de las plataformas de streaming, todavía vivo con la tele prendida.

Está ahí cuando tomo desayuno en las mañanas, transmitiendo alguna serie en Netflix con la que tengo que ponerme al día. Está ahí horas después, cuando almuerzo, porque no hay nadie más. Y cuando tomo té en la tardecita, cosa que hago sagradamente todos los días, sigue estando ahí. Incluso está ahí después, cuando se oscurece y empieza a hacer frío. En la noche, bueno pensándolo bien ni tan de noche porque en esta casa nos acostamos temprano, sigue estando ahí, con las noticias, los videos de Youtube, o alguna película-indie-que-dicen-que-es-buena.

En realidad, cuando miro hacia atrás me doy cuenta que la línea cronológica de mi vida se puede dividir en dos grandes métricas: los retos de mi mamá (que da para su propio post con lectura pseudofreudiana de por qué sólo me acuerdo de sus retos y no de las cosas buenas), y lo que estaban dando en la tele.  Podría escribir mi propia biografía ordenada según los hitos más importantes de la TV chilena, si no hubiese hecho algo parecido -y mejor- el señor Foster Wallace. Algo como…

9:00 – Monitos.

La primera mitad de la década dominada por Warner y durante la segunda comenzó la democratización de los monos con series de Nickelodeon, del Cartoon Network y la pasta base del animé.  Los años más importantes de mi desarrollo psicológico los pasé entre “El Mundo de Bobby” y “Los Caballeros del Zodiaco” (me ofrezco voluntaria para caso de estudio clínico).

12:oo a 13:30 – Sitcoms gringas recicladas.

Who’s The Boss que aquí se llamaba ¿Quién manda a quién? (poético), El príncipe del Rap y Paso a Paso en la que salía un por entonces mijito rico que después hizo un par de películas de pelea en la serie B. Creo que Salvados por la Campaña también la daban a esta hora.

14:00 a 19:00 – Pausa para ir al colegio.

(Igual la referencia a Apocalypse Now acá es sublime)

20:00 – TELESERIE

Desde Estúpido Cupido hasta El Circo de las Montini aprox. (con recaídas posteriores por alguna nocturna o actualmente, la Amanda). La ceremonia de visionado de la teleserie de TVN, con preferencia por el team Sabatini, era un acto obligatorio y también el único momento de interacción familiar con todos presentes.

21:00 Noticias

Tiempo libre para ordenar lo que falta, salir a comprar los útiles y terminar las tareas.

22:00 – El Estelar

Que prefiero olvidar.

Kurosawa - Seven Samurais
La 1° vez que vi esta joya fue porque la pillé en el videoclub del barrio. Desde aquí le doy las gracias a ese vecino emprendedor que tenía cosas como esta.

De adolescente le fui perdiendo un poco el gusto. Quería ser lo más distinta posible de mi familia. Quería ser una persona diferente. Educada. Ilustrada. Inteligente. No-pobre. Así que hice lo que muchos adolescentes periféricos como yo: cambié de canal. Me despedí del espectáculo chabacano (palabra que aprendí entonces) de la TV nacional para explorar el inquietante mundo de HBO, del ISat, del Film&Arts.

Cambié el animé por Kurosawa, las teleseries por las películas de Greenaway y los estelares por un par de clásicos literarios que no estaban en el currículum escolar. Y en 29 años lo más cerca que he estado a dejar de vivir con la tele prendida fue decidir no poner una TV en el dormitorio cuando me cambié de casa.

“Vivir con la tele prendida”. Necesitarla ahí. De fondo. Donde deberían estar tus verdaderos recuerdos. Supongo que es común entre los que crecimos en espacios pequeños, feos, que queríamos olvidar incluso mientras estábamos ahí.

Agregar un comentario