Querido Diario… Razones para Desahogarse Escribiendo

Cuando eres niña mantener un diario de vida es más que natural, al menos así se estilaba por allá por el 2000. Hay algo en saber que una íntima parte de ti está contenida en una libretita kawaii codiciada por todos (porque uno se pasa el rollo de que al resto de la familia le interesan mucho los numerosos y efímeros enamoramientos infantiles no confesos), y vives al extremo resguardando con recelo el preciado contenido, como si de cual Death Note se tratara, porque a los 12 años la humillación de exponerse frente a los padres es equivalente en gravedad al asesinato.

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Un hábito que se va descartando de a poco cuando llegamos a la edad en que todo nos parece ridículo, en la que cambiamos las palabras por piercings y parches en la mochila para que el resto vea que no tenemos miedo de ser quienes somos. Un hábito que retomé hace un par de meses, y que creo puede ayudar a algunos.

Primero, cuando escribes para ti mismo no importa la gramática, ni el tema, ni la veracidad de las afirmaciones, importa más sacarte de adentro lo que está atormentando tu cabeza. Uno de los grandes problemas de trabajar escribiendo -y de escribir sobre lo que te gusta- es la constante exigencia de sentido y coherencia. Pese a que no aspiro a la objetividad porque siento que todo hablar es un hablar desde, sí reconozco que el compromiso con una cierta “verdad” y con argumentar rigurosamente es algo que está presente cada vez que me siento a escribir un review (razón por la que me toma tanto tiempo y me agota tanto terminar un post). Pero nuestros pensamientos no son siempre coherentes, y sería insostenible subordinar nuestras emociones a nuestra razón todo el tiempo, a veces necesitamos ser incorrectos, infantiles y profundamente fanáticos sin temor al juicio público, y sin el trabajo que conlleva defender posiciones.

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Segundo, cuando escribes para ti mismo no tienes que disculparte. Confieso que soy de las que odia equivocarse, un poco porque tiendo a tomarme todo muy en serio y pienso que para los otros es igual, un poco el infinito placer de corregir al resto, pero sea como sea es un hábito que me hace profundamente insoportable (a veces incluso para mi misma, pero estoy trabajando para dejarlo atrás). Y una de las consecuencias más directas, a parte de la escasez de vida social, es el temor al ridículo. Pero cuando escribimos para nosotros mismos lo hacemos sin miedo a tener que corregir y admitir los errores frente a otros, soy la clase de persona que se autojuzga con suma severidad, a veces casi nivel Inquisición, y escribir en un diario me ha ayudado a permitirme equivocarme y no ser tan severa conmigo misma.

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Y por último, siempre puedes leerte a ti mismo y poner en perspectiva cuanto has cambiado.  Esto es algo que hacía mucho en mis años de liceana, por aquel entonces llené varios cuadernos con anotaciones, manifiestos, poemas y dibujos, todos en clave emo por supuesto, pero lo más interesante era releernos y ver qué tan distinta era mi forma de pensar cada año. Aprendí cierta autoconsciencia que me permitió sobrellevar la adolescencia con relativa dignidad, dejé de hacerlo cuando entré a la U y de pronto me creí demasiado buena para corregir actitudes. Un error cuyas consecuencias aún arrastro, porque no se trataba sólo de avanzar sino también de pasar tiempo a solas conmigo misma y permitirme desmentir mis propios mitos e ideas.

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Escribir para uno mismo es también como mirarse en el espejo, donde aparecen todos los defectos, es contarse cosas que no nos atrevemos a decir en voz alta y mucho menos confesar a otros. Y releerse es ponernos en contacto con esa parte imperfecta de nosotros mismos que a diario intentamos maquillar, aceptar que existe y que es factible de ser superada de a poco, pero que siempre estará allí, mirar los propios errores no con tanta severidad, permitirnos equivocarnos y ser superficiales o infantiles es un gesto de autoindulgencia que si acompañamos de ganas de cambiar es sólo constructivo, porque nadie es perfecto y feliz todo el tiempo.

 

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  1. […] 24 días mastiqué lo que quería escribir y, como si me leyese la mente, una de mis mejores amiga sube a su blog un post sobre lo libre que debemos sentirnos para escribir, y cómo es una práctica que no cuenta […]

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