#PelículasNecesarias Soylent Green

Imaginen que conocen un secreto atroz, un secreto que traiciona todo lo que hacemos llamar humano y que al mismo tiempo, hace posible nuestra subsistencia. Imaginen que conocen una verdad ni tan oculta, pero que a fin de cuentas, nadie quiere conocer ni tener que vivir con ella. Imaginen a Charlton Heston  -quien décadas antes separaba las aguas del Mar Rojo para liberar al pueblo elegido- intentando generar consciencia sobre uno de los efectos más nefastos del capitalismo: la explotación y consumo del hombre por el hombre. Imaginen ésto y tendrán una idea vaga de lo que es Soylent Green, este clásico del cine de ciencia ficción setentero que da vida a la novela de Harry Harrison, entregándonos además, una diáfana visión sobre el imaginario de la post guerra.

Una sociedad en sus albores, post catástrofe climática, que lucha por sobrevivir en un mundo en que los recursos naturales sobreexplotados, están al borde de la extinción. Una sociedad en que toda dignidad se ha perdido, pero en la que persiste en sistema de privilegios en el que aquellos que poseen el conocimiento y los medios de producción que hacen posible la fabricación del soylent green (suplemento alimenticio) están en la cima de aquellos para quienes a penas alcanza. Una sociedad en la que las iglesias vuelven a estar atestadas, pero no de fieles sino de pobres y enfermos, y en la que las “damas de compañía” son derechamente tratadas como muebles.

Pero más allá del tema que problematiza, la idea de que la contaminación y la explotación indiscriminada de los recursos naturales van forjando nuestra propia tumba, lo interesante es el modo en cómo se muestra. Al conocido horror de las filas y la escasez -una pesadilla de la que rehuímos en el pasado pero hoy volvemos a abrazar gozosos cada vez que abre una nueva tienda o llega nuestro ítem de consumo favorito-, se le suma el hacinamiento, el hambre, la desesperación de miles que se encuentran sin ocupación y sin recursos, condición en la que viven tantos inmigrantes, aquellos que dejan su tierra en busca de oportunidades pero en cambio, encuentran precariedad y mezquindad.

Al final, una película que muestra en toda su radicalidad la instrumentalización de un sistema para el que no somos más que piezas funcionales, o mejor, que sólo sabe relacionarse con nosotros en tanto somos sus recursos, primero productores, luego como materia prima. Un relato que lleva al extremo una de las verdades más tenebrosas de nuestra querida sociedad de la libre competencia:

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