#PATALEO Paren de Vendernos Star Wars The Force Awakens

Se nos dice que la revolución digital trajo consigo incontables beneficios, que en los vastos océanos de internet es posible hallar incontables conocimientos que aguardan por nosotros allí, a un par de clics de distancia, entre virales de gatitos que se comportan como personas y padres que dejan caer a sus guaguas. También se nos invita a militar activamente en la creencia de que el fin de la televisión lineal traerá consigo el fin de la abominable tanda de comerciales pero, como bien advierte la última temporada de South Park, las ads han madurado cual virus mutando sus formas clásicas con tal de penetrar más subliminalmente nuestros subconscientes. Y aunque se trata de un fenómeno ya profetizado por los sabios de la cultura, me ha tomado 27 años y 236674 publicaciones sobre Star Wars comprender la radicalidad del problema.

Érase mediados de Octubre, mientras me debatía entre la hostilidad hacia un invierno que se resistía a partir y las ansias de ver más adelantos del regreso de una franquicia que me ayudó a construir lazos de amistad con mi madre durante aquellos tormentosos años que preceden la adolescencia. De pronto, la rutina diaria de microagresiones y sarcasmos que puebla las redes sociales se vio interrumpida por un acontecimiento de importancia mítica (o al menos así se leía en Twitter): el inicio de la venta de entradas para la prevente de Star Wars The Force Awakens. No les voy a mentir, mi primer impulso fue correr a buscar la tarjeta e iniciar la fila virtual para adquirir los preciados tickets que me abrirían las puertas del cielo ñoño, pero tan pronto intenté acceder me bajó una suerte de crisis existencial kafkiana que me obligó a mirar con horror el cómo mi amor sincero por las películas estaba siendo manipulado por los guardianes del excel quienes me ordenaban comprar las entradas aquel día a aquella hora.

Firme en mis principios rebeldes, me resistí a obedecer el timing publicitario y me propuse ver la película cuando mi corazón estuviese listo y pudiera reunir a mi familia, porque compartir ese vínculo ahora también con mis hermanos vale más que todo el hype inducido.

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Ojalá verse así durante una crisis de identidad…

Orgullosa de mi autocontrol, ausente durante el resto del año como delata mi historial de Netflix, me dispuse a cerrar las pestañas, alejarme del computador y salir a la calle. Fue una experiencia gratificante, similar a la relatada en aquella emblemática canción de 31 minutos que comenta el flagelo de la adicción televisiva. Una experiencia que me hizo sentir aliviada, un sentimiento que continúa llenándome dos meses después, a días del estreno del episodio VII, y en el que me refugio cada vez que una nueva Ad llega para atormentarme.

Porque la campaña de promoción ha sido pornográficamente violenta (e innecesaria, después de todo estamos hablando de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS no una instalación de Damien Hirst), que incluye desde monumentales gigantografías hasta el lanzamiento de productos de belleza que, como si de un animé se tratase, pretenden hacernos creer que la fuerza descansa en el poder transformador de un labial, y que por extensión, podemos participar de ella a través de un acto que parece resultarnos tan común y necesario como respirar: comprar (que bueno que el maestro Yoda no vivió para ver esto). A la que se suman los miles de artículos/videos/gifs/etc, a los cuales este post se adherirá, cuál un ladrillo más en la alta pared de comercialización de una franquicia que consolidó -sin querer- el modelo.

ME CONVENCIERON DESPUÉS DE OSCAR ISAAC...
ME CONVENCIERON DESPUÉS DE OSCAR ISAAC…

El alcance del ruido generado alrededor del estreno parece tan amplio como el del otrora temido Gran Hermano, y más peligroso aún considerando que nos rendimos ante él, voluntariamente. Comprobable en la diversidad de los artículos publicados que varían desde discusiones sobre la economía del imperio tras la destrucción de la Estrella de la Muerte hasta paralelos entre la transformación de look y el terrorismo. Pero lejos de ser este un mea culpa respecto a nuestros hábitos virtuales o consumismo desmedido, es más bien una invitación a abrazar aquellas miles de historias que relatan el nacimiento de vínculos y cariño por la franquicia.

Para mi Star Wars no sólo es el nacimiento de mi relación mamábuenaondahijanoprejuiciosa, Mark Hamill fue, en toda su imperfecta representación del héroe clásico, mi primer amor platónico (sí, alguna vez me gustaron los chicos buenos) , y gracias a lo obsesionada que estaba con la película pude acostumbrar el oído al inglés y aprender mis primeros diálogos de memoria en el idioma original, primeros pasos en aprender un idioma que jamás hubiese podido aprender siendo hija de la educación pública chilena.

No me arrepiento de nada!
No me arrepiento de nada!

Así que, con el poder que me concede poder pagar los gastos operacionales de este sitio, los invito a vivir la víspera del estreno como un tiempo de recogimiento, o menos, de autoapropiación de nuestros tiempos y ritmos personales, resistiendo en la medida de lo posible la dictadura de las fechas comerciales. Para mí la reflexión tiene un final feliz, la Cachito me invitó a una función el día del estreno a la que obviamente voy a asistir luciendo mi mejor polera de Star Wars, pero con la frente en alto y la conciencia tranquila de saber que no sucumbí (del todo) a la manipulación.

Entre todo, este me parece un buen análisis 😛

1 Comment

  1. […] del mundo (virtual). Pero llegó un momento en que me saturé. A fines del año pasado presencié el caos por la preventa del episodio VII de Star Wars me dije: no más. No voy a dejar que las distribuidoras organicen mi […]

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