[Libros] Polaroids From The Dead- Douglas Coupland

“Pues muy bien, señor Culo Sentado, sigue haciendo el vago por ahí, esperando inventar la gran teoría unificada que cure al país de todos los males. Mientras tanto el mundo de verdad se convierte en mierda. Mira, ¿por qué no haces una cosa?: ¿por qué no sales a la calle y haces de una vez algo que sea de verdad político”

Polaroids

Douglas Coupland

Polaroids es una reflexión sobre los 90s escrita en los 90s. Una serie de ensayos y ficciones inspiradas en fotos antiguas y encuentros extraños que juntas dibujan la ambivalente visión de Coupland sobre una década pivote en la que empezaban a asomarse las primeras proyecciones sobre las transformaciones potenciadas por la cultura digital. Pero Polaroids es sobre todo un libro sobre lugares y personas, sobre cómo los lugares moldean a las personas, o las personas moldean los lugares.

Resolución de fin de año: LEER MÁS, ESCRIBIR MÁS...
Resolución de fin de año: LEER MÁS, ESCRIBIR MÁS…

Es un libro lleno de reflexiones que podríamos publicar hoy en nuestros muros de Facebook. Interminables citas que acusan los miedos, los reclamos y los deseos noventeros mientras ocurrían. Sin embargo, no evoca nostalgia (para eso tenemos a joligud) sino sorpresa. Leyendo sobre la sensibilidad de la generación anterior me hizo entender en lo mucho que nos parecemos, y en cómo muchas de las cargas que asumía como propias han estado sobre nuestros hombros por décadas.

¿Mis capítulos favoritos?: “La tecnología nos ahorrará el tedio de repetir la historia”; “Postal desde el antiguo Berlín  Oriental”; “Haroldeando en Vancouver Oeste” (me recodó los tiempos en que yo misma haroldeaba); “F-111 de James Rosenquist”; y “Cuaderno Bretwood, Un día en la vida”.

Pero por sobre todas las flores que podamos tirarle a Coupland, lo que me mantuvo adherida a sus relatos es esa honestidad que, mezclada con un punto de vista elocuente que es capaz de detectar en paisajes tan visitados aspectos no-narrados, lo convierten en el autor que es. Me recordó que lo que separa a la buena literatura de esa que se escribe sólo para entretener (o peor, para sólo vender) tiene personajes que se parecen a uno, al vecino de uno, o algún conocido de uno. Libros con personajes que olvidamos que son personajes y tratamos, en el interior de nuestras cabezas, como a personas que estamos empezando a conocer. Me recordó que gran parte de sentarse a escribir tiene que ver con saber -y querer- escuchar a otros, a personas tan distintas a nosotros como sea posible, personas a través de las cuales se nos aparece un mundo al que de otro modo jamás habríamos tenido acceso y hallar, en esas diferencias, lo que nos hace iguales.

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