[JOHNLOCK] El Hombre (Im)Perfecto, Parte III

La mayor parte del año la luz de la mañana esquiva la ventana del dormitorio de Sherlock. Fue una de las principales razones por las que se cambió al 221B de la calle Baker. Sin calor que disipe la humedad que necesitan algunos de sus experimentos con cultivos, y sin luz para deteriorar sus documentos más antiguos. Además es perfecto para dormir durante el día, y quedar libre para interrumpir alguna actividad ilegal de noche.

Pero esa mañana un par de haces de luz atravesaron la ventana con insistencia. Así fue como John, que había despertado inusualmente temprano, vio las cicatrices en las manos de Sherlock. Su corazón latió muy fuerte de golpe, tanto que los oídos le retumbaban, las cicatrices eran consistentes con quemaduras y recordó por qué.

Hace un año, poco después del regreso de Sherlock, otro formidable enemigo hizo su aparición y se propuso desmentir la creencia generalizada de que Sherlock Holmes carecía de corazón. Para medir la magnitud de los sentimientos del detective, Magnussen diseñó un imbrincado plan que consistía en secuestrar a John y ponerlo bajo una pira. Cuando Sherlock se encontró con la hoguera comenzó a mover los troncos encendidos con las manos. No lo pensó. O sí, pero jamás sopesó el dolor de las quemaduras con el de perder a John. Porque ya lo había perdido una vez y sabía por experiencia que ese era un dolor inconmensurable.

¿Por qué lo hiciste? -quizo preguntarle en voz alta, pero las palabras no le salían de la boca. Ahora que se habían dicho con el cuerpo lo que nunca se dijeron en voz alta, no necesitaba escuchar las razones del sacrificio de Sherlock.

Y entre las tantas cosas que permanecían no dichas se cuentan los recuerdos de esos 730 días que estuvieron separados. Lo que John no sabe es que mientras estuvo lejos, desarticulando la red criminal de Moriarty, Sherlock se pasó dos años llegando a los sucuchos en los que dormía con la esperanza inverosímil de abrir la puerta y encontrarlo allí, sentado en ese sillón roñoso, listo para discutirle por no traer la leche que había prometido comprar. Que fueron dos años de darse vuelta a mirar cada vez que se encontraba con algún turista rubio de metro setenta en la calle, de quedarse quieto frente a las vitrinas de las tiendas que exhibián algún horrendo chaleco de lana, de archivar mentalmente chistes inteligentes para contárselos cuando se reunieran. Dos años en los que sólo las noches le pertenecían, aunque pronto llegó a perder la cuenta de cuantas veces despertó de golpe, feliz, confundiendo el crujir de la madera vieja con los pasos de su amigo. Y entonces tenía que conformarse con el frío extremo de una aguja para disipar la pesadumbre, se inyectaba hasta olvidar su propio nombre pero entonces, siempre, escuchaba la aguda voz de John llamándolo, y recordaba quién era.

En dos años destruyó a un monarca y a su imperio porque era la única forma de mantener a John a salvo. Y después de esa titánica odisea, un par de quemaduras no lo detendrían. Porque aunque disfrutó de la adrenalina de la cacería, dada la oportunidad, habría preferido quedarse en la calle Baker a resolver casos de esposos infieles y conejos que brillan en la oscuridad con John, para terminar discutiendo sobre el sensacionalismo literario socavando la verdad empírica en el blog.

Abre los ojos y le toma una milésima de segundo entender lo que está pasando. ¡No es nada! -le dice a John que no se atreve a mirarlo a la cara. Un pequeño precio que tuve que pagar una vez –sonrié

Aunque susurra, la grave voz de Sherlock se siente como una punción y el corazón de John va aún más rápido. Tiene miedo de mirarlo y no poder evitar decir lo que quiere decir. Esa frase tan difícil, compuesta sólo por dos palabras y que los jóvenes  han traducido tan elocuentemente al lenguaje de los emojis como: ❤️. Aún no está listo para decirlo así que en cambio toca con cuidado los bordes de las cicatrices tratando de recordar lo que sintió ese día.

Sherlock voltea la mano para tomar la de John. Tampoco dice nada. Sólo se queda mirando lo distintas que son. Observando como su huesuda y violácea mano, tan pálida que parece falsa, encaja perfectamente con la cálida y gruesa mano de John. Y como ambas forman una sinécdoque de su relación. La luz del sol ahora le llega directo en los ojos obligándolo a cerrarlos. Te amo –dice con un tono inesperadamente claro.

El corazón de John deja de latir por un micro momento que se siente como toda una eternidad. Quiere decir algo, quiere decir lo mismo pero cuando abre la boca el llanto explosivo de Rosie interrumpe con violencia.

¡Yo voy! Soy más rápido que tú deduciendo qué le pasa -dice Sherlock levantándose de la cama, y sale de la habitación con una sonrisa.

Agregar un comentario