#FANFIC El hombre (Im)perfecto, parte II

Klea andrôn” – le dijo Mycroft.

Luego del supuesto suicidio de su mejor amigo, John salía a caminar sin llegar a ninguna parte. Durante uno de sus extravíos se topó con Mycroft y aunque no supo qué decirle, el primogénito de los Holmes leyó en su esquiva mirada la rabia, y la necesidad de una explicación. Así que, con el hermetismo que le es propio, le dijo: klea andrôn.

“La gloria de los hombres” aprendería después John. La gloria que ha hecho de los héroes griegos criaturas inmortales. Es cierto, Sherlock perdió su vida pero no su fama. Y cuando se sintiera mejor y por fin pudiera volver al 221b de la calle Baker, se encargaría de perpetuar la verdadera historia detrás de la muerte de Sherlock Holmes.

Pero ese día nunca llegó, piensa intentando no ahogarse en un pozo dios sabe dónde. En el otro extremo de la isla, Sherlock trataba de resolver el puzzle de su hermanita. Trabajando contrarreloj para salvar a su mejor único amigo.

¿Qué sería de Sherlock Holmes sin John Watson? Sherlock jamás se atrevía a pensar en una respuesta. La separación obligada por la tuvieron que pasar hace años le había enseñado a no cruzar nunca el umbral de esta posibilidad. Intentaba no pensar y en cambio se imaginaba a John allá abajo, solo, empuñando las manos como hacía cada vez que estaba nervioso, esperando un último milagro.

Mientras tanto John se preguntaba cuánto vale la vida de un hombre. En medio del mar de balas del campo de batalla se había sentido un espectador, salvando vidas insalvables, conformándose con rescatar cuerpos para que pudieran ser enterrados por las familias. Deseando que una bala piadosa se lo llevara a él, que no tenía a nadie.

Pero las balas lo esquivaron casi con maestría, incluso después de la guerra. Por eso se había reconciliado con la idea de su propia muerte, sin rencores, sólo lamentando los momentos que perdería; ver crecer a su hija, envejecer junto a Sherlock. “Morir joven, como un héroe” -pensó. Allí, flotando junto a los huesos de Barbaroja, se alegraba de haber regresado de la guerra, de su vida con Sherlock, de la familia que lo enterraría y que no creyó que llegaría a tener.

Arrinconado por el acertijo, Sherlock cayó de rodillas al piso suplicando entre lágrimas. Una escena que había fingido tantas veces para sacarle información a testigos, o infiltrarse en filas enemigas. Pero no ahora. Ahora, por primera vez, sentía el terror de perder lo que no sabía que tenía.

¿Cómo sería mi vida sin John? Sherlock se abofeteó intentando sacudirse la pregunta. Y cuando la curiosidad de Eurus cedió, corrió hasta vislumbrar esa apertura en la tierra que intentaba arrebatarle a su amigo. Cuando llegó al borde se lanzó sin pensarlo, con la idea fija de romper las cadenas y liberar a John.

Pero al hombre que encontró abajo no era el mismo con el que había resulto tantos casos. Incluso en la oscuridad sintió la punzante mirada de John Watson, el soldado. Y sintió el mismo dolor que lo acosaba cada vez que se despedían. Allí, otra vez frente a frente con su mejor amigo, olvidó las cadenas, el agua, el juego.

John -que creyó que el ruido de los helicópteros sería lo último que oiría- estaba resuelto a no perder el tiempo. Con el coraje de un hombre que ha visto desvanecer la vida en los ojos de tantos otros, que está a punto de perder la suya, cerró sus puños una última vez. Rodeando los brazos de Sherlock. Y lo besó.

Y así, sin más, la locuaz mente de Sherlock Holmes se quedó en silencio hasta que los labios de John se encontraron con sus lágrimas. Quiso alejarse por vergüenza, pero sintió en cambio los puños de John cerrarse con más fuerza.

No necesitaron palabras, ni rebuscados conceptos antiguos. Sólo la obcecada lealtad que se tienen y el amor que los mantiene juntos incluso a pesar de la muerte. Porque ese beso, ese húmedo, torpe y frío beso, es todo lo que necesitaban para sentirse inmortales.

Agregar un comentario