#FANFIC El Hombre (Im)Perfecto, Parte I

Hace un mes que no hablan. Hace 31 días y once horas Mary recibió una bala dirigida a Sherlock. Durante el breve momento previo al disparo su entrenada mente la golpeó con la verdad, y entonces supo que la muerte, su muerte, era la única salida. Fue un sacrificio egoísta, estaba cansada de huir. En última instancia su amor por John no era tan fuerte como para vivir esclavizada a la paranoia. Pero si hay alguien que ama a John más que a la vida, y ciertamente más que a la muerte, ese es Sherlock Holmes. Así que Mary saltó frente a la bala para salvarle la vida al único hombre que podría salvar a su familia.

Morir es fácil, pero vivir requiere coraje.

Después John le cerró la puerta a su único amigo. No para castigarlo a él sino a sí mismo. Porque John Watson es una buena persona, soldado, doctor, detective. Un hombre que arriesga su vida para salvar la de los inocentes. Y más que nada en el mundo, incluso más que el regreso de Mary, desea que ésta siga siendo la imagen que su mejor amigo tiene de él. Más que nada el mundo, John quiere ser el hombre que es a los ojos de Sherlock Holmes.

Pero eclipsado por el dramatismo de su amigo, deliberadamente poniéndose a sí mismo bajo su sombra, la oscuridad de John Watson nos ha pasado desapercibida.Y mientras se pasa las noches cavando una tumba imaginaria para su más oscuro secreto. Sherlock, también en vela, planea con rigurosidad cada uno de los pasos para traerlo de vuelta.

En su discurso público Sherlock cree en la verdad de las evidencias, pero en los sobrepoblados estantes de su cabeza teme que esta sea la separación definitiva. Todavía se acuerda de la primera vez que John lo miró con decepción, años atrás, cuando Moriarty era un reflejo de todo lo que es feo en su interior. Por sobre las notas del violín, recuerda las palabras que le dijo: “no conviertas a las personas en héroes John, los héroes no existen”, y que la mirada de John se sintió como un pinchazo, una inesperada incisión que siente crecer ahora, sentado mirando fijamente ese viejo sillón en la sala, tratando de imaginar qué pasaría si esa imagen es la última imagen que tendrá de su amigo. En el cuarto de las verdades no confesas, Sherlock está aterrado.

Pero el meticuloso plan funciona y están de vuelta en la sala aquella. Un último tour – se dice John, accediendo a creer su propia mentira. Por fin están solos, y el silencio es insoportable. John siempre le ha confiado a Sherlock la solemne misión de llenar el silencio, de convertir sus interacciones en algo que no tenga que ver con ellos dos. Y Sherlock siempre ha cumplido su papel con excelencia. Pero no ahora.

Por primera vez desde que se conocieron, por primera vez en su vida consciente, Sherlock Holmes está paralizado. Sabe lo que quiere decir, repasa el texto en su cabeza con obsesiva diligencia pero antes de hablar, presiona suprimir. Por primera vez en todos estos años de amistad es John quien carga con la responsabilidad de confesar, de liberarse.

La verdad es que John ha tenido muchas noches extrañas desde que se conocieron, noches en las que ha despertado de sueños vívidos que no sabe cómo interpretar. Durante los dos años en que su amigo estuvo muerto, despertaba cada noche con la sensación incómoda de que lo estaba llamando del otro lado, como Drácula. Bajo el estrés del insomnio y la inquietud,  John se ha preguntado mil veces si Sherlock Holmes está enamorado de él. Se ha hecho esta pregunta no porque no sepa la respuesta, sino porque teme formular la pregunta que de verdad importa ¿está él enamorado de Sherlock?

Pero en éste, el primer momento de verdadera intimidad que ocurre entre ambos, John decide confesar otra verdad. “La engañé” -dice, y no puede hacer ninguna pausa, las palabras le salen de tan adentro que no sabe como parar. “Sólo fueron mensajes de texto” – se justifica frente a los ojos de un hombre que no lo juzga, porque no sabe cómo. No importa lo que haga John Watson, Sherlock se lo perdonaría todo. Y John lo sabe, pero no quiere admitirlo, no quiere admitirse a sí mismo que es el único ser humano con esa clase de poder sobre el famoso Sherlock Holmes.

Y entonces Sherlock -fuera de sí desde que está fuera de la heroína- se levanta para hacer algo que ha hecho en su cabeza más veces de las que puede contar. Se levanta y lo abraza, a John, a su John, al huérfano de una guerra que encontró vagando por las calles de Londres, al hombre que le enseñó a ser hombre.

John se sorprende, no sabía que se podía estar tan cerca de alguien como lo está ahora de Sherlock Holmes, el popular detective, el hermano rebelde, el genio drogadicto, su mejor amigo. Está tan cerca que ni siquiera puede devolverle el abrazo, se queda así, con las manos en la cara. Inmóvil, mientras siente que algo, una plataforma, ¿o un puente quizá? lo atraviesa, un puente que nace del pecho de su amigo y se conecta con el suyo. Y entonces entiende que todo lo que tiene que ver con Sherlock le llegará directo al corazón, siempre.

Ni en una vida de atender mutilaciones y consolar a jóvenes agonizantes sintió tanto terror. Los muros que han caído entre Sherlock y John no podrán restituirse. Lo que los une, no los separará jamás. Hasta el día de sus muertes e incluso, teme John, puede que ni siquiera allí. El abrazo de Sherlock duele más que cualquier herida, porque el amor de Sherlock ES una herida. La muerte de Mary dejará una cicatriz profunda, imborrable. John lo sabe. Pero el amor de Sherlock es una herida abierta, expuesta, sangrante. Una herida que solo se mantiene a raya en la presencia del susodicho detective consultor. Y entonces John lo nota, nota el temblor de su amigo, la herida abierta que también es él, John Watson, en el corazón de Sherlock Holmes. Lo abraza de vuelta y por un momento, por un momento que sobreescribe una vida completa de otros momentos; los dos están juntos.

John acaricia con el dorso de su mano el antebrazo de Sherlock. No sabe por qué lo hace pero es la mejor sensación del mundo ¿es para ésto que lo llamaba en sueños? Siente cada uno de los vellos del brazo de su amigo, siente las irregularidades que son esas cicatrices pasadas, de un tiempo antiguo, cuando “el juego” estaba en todo su esplendor. No se atreve a avanzar, pero no quiere detenerse. Sherlock lo imita, y usa el dorso de su mano para sentir la cara de John. Siente su incipiente barba, siente las pequeñas hendiduras alrededor de sus labios que antes no estaban ahí, y recuerda la primera vez que lo vio, en ese laboratorio frío justo arriba de la morgue, y piensa en que ni con un millón de cálculos podría haber anticipado este final para los dos. Y se siente feliz.

John siente que dentro suyo hay algo que está por romperse. Bajo el tímido toque de Sherlock Holmes, John quiere rendirse. Dejarse invadir. Dejar de luchar. Dejar de ser. O ser otro.

Sherlock apoya su frente en la cabeza de John. Tratando en vano de controlar la taquicardia y hablar con claridad. Lo suelta y da un paso atrás sonriendo. “El jueves de 8 a 10” -le dice mirándolo a los ojos. John despierta de golpe. “Sí” – dice sin levantar la vista, caminando hacia la puerta y la cierra tras él.

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