#Especial Los 5 Perfiles Más Importante de Hannibal

Como ya todos saben, porque a estas alturas ya soy más una apóstol que una fan, Hannibal es una de mis series favoritas y dado su trágico y abrupto final, convencí a Iván de aventurarnos en la compleja tarea de perfilar a nuestros personajes favoritos. Un especial que escribimos para Halloween pero que siento merece más dedicación que eso:

Perfil Nro. 1: Bedelia Du Maurier

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Comenzamos por su psiquiatra, Bedelia Du Maurier (Gillian Anderson), personaje introducido exclusivamente durante la serie y que dada la química innegable entre Anderson y Mads Mikkelsen, se convirtió en uno de los regulares. Una licencia creativa del equipo de Fuller, férreamente comprometido con exacerbar el vigor femenino de Clarice en esta precuela situada en un tiempo anterior al suyo, no sólo a través de Bedelia, sino también de Alana Bloom (originalmente Dr. Alan Bloom), Margot Verger y Freddie Lounds .

Bedelia participa, como su paciente y colega, de ese ideal kantiano ilustrado que predica la responsabilidad personal por contribuir a la grandeza de la especie. Y como tal, en su relación con Lecter procura mantener la distancia crítica que reclama su oficio aún en los momentos en que decide acompañarlo -especialmente como su esposa, durante la tercera temporada- en sus brutales cacerías. Mientras Will, Alana y Jack Crawford luchan por ver más allá del person suit que viste Hannibal, para ella es más que evidente con quien está tratando.

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Con gracia renacentista y rigor científico, Bedelia estudia a Hannibal en cada etapa, ayudándole a entender la complicada codependencia que mantiene con Will. Manteniendo la calma aun en los escenarios más atroces. Pero son sus dotes persuasivos y utilitarios los que mantienen a Hannibal cautivo y a raya, porque a pesar de que sus dos víctimas se dan en contextos más o menos obligados, son sus palabras las que ponen en movimiento algunas de las acciones más interesantes en cada temporada. Primero al ser la primera en desenmascarar directamente a Hannibal, luego al compartir sus convicciones con un abandonado Will, y finalmente anticipando las acciones de ambos y preparando una cena para 3, al concluir la tercera temporada.

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Perfil Nro. 2: Mason Verger

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Sádico, depravado, e irremediablemente descortés. Mason Verger es de los pocos psicópatas que se cuentan dentro del universo de Hannibal Lecter que no es consumido por el deseo de matar, sino más bien, por el profundo placer que le significa quitarle la dignidad a otros. Quizá por su crianza llena de privilegios, o quizá por la naturaleza del negocio que dirige, parace ser que para Mason la única fuente genuina de entretención es la humillación y el dolor de sus insubordinados, crueldad sin propósito, muy propia de alguien que ve crecer su fortuna gracias al constante sacrificio de los animales que cría.

La primera vez que fuimos introducidos al personaje de Mason, el multimillonario sádico de pésimos modales y aún peor presentación facial, fue de la mano de Ridley Scott, en Hannibal (2001), donde fue interpretado camaleónicamente por Gary Oldman. Por evidentes motivos de economía narrativa, su personaje y el mundo del que provenía fueron decantados y filtrados para servir al arco mayor de la historia entre Lecter y Clarice Starling; pero en la serie, Bryan Fuller y sus guionistas se regocijan con los detalles y manías de Verger, confiriéndole mayor profundidad a su ya retorcido perfil y devolviéndole un componente que, en la literatura, era de vital importancia para comprender y expandir parte de su psiquis y su praxis: su hermana Margot.

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En la serie, es a través de ella que conocemos a Mason. Margot, como muchos otros, es víctima del abuso sistemático de su hermano, creando la semilla de la inquietud que ella trae ante Hannibal y que él sugiere purgar mediante el asesinato para terminar con el ciclo.

Depositar el peso de los padecimientos y patologías de Mason en el lugar del que proviene es a la vez acertado y reduccionista: Mason es, al mismo tiempo (y como muchos personajes del universo de Thomas Harris) víctima y victimario; catalogarlo como el producto de la inevitable perversión del exceso de privilegios, y una prematura aproximación a la muerte y sus beneficios, de la mano de un padre vulgar y convencido que la única educación que necesitaba su heredero se vinculaba con el espesor del cuero y las vicisitudes de la crianza de cerdos, cubre en parte su desdén por la dignidad humana de otros, pero al igual que el intentar definir a Hannibal, su monstruosidad escapa al léxico facilista y resulta más aterrador cuanto más abstracto se vea. Este hecho se ve elocuentemente reflejado en su propia apariencia: Mason pasa de ser un monstruo interior a uno físico; un monstruo que de forma paradójica cita a Jesucristo como su redentor mientras planifica sesiones de tortura canibalística contra sus enemigos y le quita a su propia hermana la capacidad de ser madre y emanciparse.

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Perfil Nro. 3: Francis Dolarhyde

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Pocas veces hemos tenido el placer de ver en la pequeña pantalla, una representación tan elocuente de la dicotomía entre bestialidad y consciencia, pues mientras Francis Dolarhyde fue criado en el seno de una sociedad en que la violencia interpersonal es reducida a un margen de error gracias a las instituciones punitivas, el Gran Dragón Rojo habita ese antiguo código -evocado en ocasiones por Nietzsche-, en el que el honor se defiende y las afrentas se ajustician. Y aunque la impecable interpretación de Ralph Fiennes dibujó con bastante éxito las manifestaciones físicas de dicha lucha, en la serie Richard Armitage tiene la posibilidad de desplegar con mayor gracia y rigurosidad los pormenores de la misma, insistiendo en el castigo del cuerpo que exige una condición mental que opera como enfermedad autoinmune.

Así, la tercera temporada de Hannibal es dedicada casi exclusivamente al devenir Dragón Rojo de Francis, esto es, al proceso de su transformación. Un nacimiento que, como todo aquel dispuesto para la grandeza, demanda una serie de sacrificios de sangre. Dolarhyde comienza a romper el cascarón intentando reclutar para el Dragón las almas de familias ejemplares, de catálogo – como remarcan sus perseguidores, ataca el corazón mismo del sueño americano, pasando por alto el appeal de nicho de Hannibal -como le llama Chilton- y calando hondo en miedos mucho más populares. Pero la falta de entendimiento por parte de la prensa y de la unidad policial a cargo, lo obliga a clarificar para ellos los errores interpretativos. Y tal cómo el Dragón en el relato apocalíptico, Francias recurre al Diablo en persona, Lecter, como guía y eventualmente, como el último eslabón a sortear en su carrera evolutiva.

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Y dentro del avasallador delirio del Dragón Rojo, Francis va abandonando cada vez más su propio cuerpo, el mismo que detestó por años y que su alter ego parece apreciar mucho más, dadas sus infinitas posibilidades. Sin embargo, quien es capaz de “ver” los remanentes de humanidad en él es Reba, la mujer ciega que parece comprender sus heridas psicológicas y que, por lo mismo, no tiene miedo de acercarse a la boca de la bestia (la escena en que Francis la lleva a palpar al tigre es, sin escatimar adjetivos e hipérboles, bellísima, ampliamente superior a la versión fílmica). Y si bien es ciega a las heridas que aquejan a Francis, también lo es a su monstruosidad, lo que le permite conectar con el hombre detrás de la bestia, y aparecer ante él como la única compañía del Dragón en la representación de Blake: the woman clothed in sun. Aun así, es la única que se benefició al final de su compasión; luego de dejarla ir, Francis se entrega completamente al Dragón, y a la empresa de alimentarlo hasta conquistar la cima de la monstruosidad, actualmente ocupada por Hannibal.

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Perfil Nro. 4: Will Graham

HANNIBAL -- "Mukozuke" Episode 205 -- Pictured: -- (Photo by: Brooke Palmer/NBC)
HANNIBAL — “Mukozuke” Episode 205 — Pictured: — (Photo by: Brooke Palmer/NBC)

El beneficio de expandir y profundizar el personaje de Graham (al contrario de sus interpretaciones fílmicas, sin desmerecer a Edward Norton ni William Petersen) es que uno siente realmente el peso de la cruz que carga por su empatía hacia el mindset criminal; por decirlo de forma simplista, en los otros Will Grahams el peligro de perder su sanidad mental no es tan palpable como en la interpretación que realiza Hugh Dancy y que los guionistas explotan a plena cabalidad.

Así como Will afirma que aún no existe nombre para lo que Hannibal es, su condición le es igualmente inaprehensible a la psiquiatría, lo que lo vuelve sorpresivamente popular entre los estudiosos de la mente humana, muy a su pesar. Este Will no es un vaquero ni un baluarte del FBI que entra en último momento para salvar el día: es un hombre profunda (y visiblemente) herido, atormentado, vulnerable, consciente de que la mente y el mundo no son mapas divididos en blancos y negros sino en escalas de grises confusos, donde cada territorio está separado del otro por nada más que una finísima película de constructos sociales y ‘delirios’ de moralidad. Porque el mayor peligro, para él, es convertirse en aquello que tanto lucha por mantener a la distancia: que el péndulo de su diseño barra los últimos vestigios de luz y lo deje sumido en aquella oscuridad que habitan los sujetos que persigue – y es ése peligro inminente el que Hannibal reconoce y explota de inmediato.

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La adaptación de Fuller prioriza, desde el comienzo, su punto de vista, sumergiéndonos con esa reconocible poesía visual en sus desgarradoras fantasías- las mismas que lo conducen al sonambulismo, mientras lo acompañamos en aquella oscuridad desde la cual, en sus propias palabras, “trae algo de vuelta”. Y junto a él somos igualmente víctimas de la manipulación subliminal de Lecter, empujados más y más a explorar a tientas los confines de una moral arbitraria, a cuestionar los grados de realidad en contextos imposibles, a abrigarnos en la débil probabilidad de que la verdad se nos aparezca. El primer viaje que realiza Will es un sacudimiento de concepciones propias y lo enfrenta a la locura, el segundo es la liberación de ataduras pasadas (la autodeterminación), y el tercero es la toma de consciencia respecto a ese mundo libre -por el que camina Hannibal- en el que sólo respondemos a nosotros mismos. Tres instancias propiciadas por Lecter quien actúa aquí como una suerte de Zaratustra, descendiendo al mundo de los hombres una última vez en busca de un amigo, y huyendo nuevamente a las montañas cuando ese amigo le rompe el corazón.

Durante la primera temporada Will no puede seguir eludiendo la pregunta por la naturaleza del mal y cuál es su grado de incidencia en la nuestra. Asesinar a tiros -en legítima defensa- a Garret Jacob Hobbs desencadena en él una suerte de cruzada óntica: Did you really feel so bad because killing him felt so good? le pregunta Hannibal, a sabiendas que la culpa marca el límite de esa delgada línea que Will teme cruzar, y que ha evitado enfrentar desde el comienzo. Pregunta a la que escapa nuevamente con su intento por rescatar a Abigail de un final escrito de antemano (cortesía de Hobbs), en la creencia que durante la expiación de los pecados de ésta los suyos también serán perdonados.

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Perfil Nro. 5: Hannibal Lecter

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Resolver la naturaleza de uno de los psicópatas de ficción más emblemáticos de nuestro imaginario de terror ha probado ser una tarea prácticamente inabordable. Y puede que gran parte de su “encanto” resida justamente en escapar a las reducciones analíticas y a la vocación aclaratoria del psicoanálisis, manteniendo ese velo de lo oculto que le permite continuar acosándonos en pesadillas. En cambio, lo que proponemos con nuestro especial, que culmina con este capítulo dedicado a Il Mostro, es un modo de leer los perfiles escurridizos de estos personajes que, en tanto que tales, nos continúan fascinando.

Guardando las necesarias y correspondientes distancias, el Hannibal que proponen Fuller y compañía se asemeja al intento por desdibujar y comprender los horrores del Holocausto. Aquellos que hemos atendido brevemente el problema (por lecturas y análisis, que en cierto modo nos distancian aún más del problema) sabemos que su delimitación es prácticamente imposible porque escapa al lenguaje, y la comprensión de tales grados de horror aún nos es impropia, lejana. Por ello resulta de una ingenuidad peligrosa el denominar a Lecter como un simple ‘lunático’, porque como él mismo asevera, lo más horroroso sobre Hannibal es la idea de que éste no es un hombre que ha perdido la razón, así como la fragua del Holocausto no fue obra de una tropa de ignorantes subhumanos. No, Hannibal es una criatura sobrehumana, motivada por la razón pura y exacerbada. Jugando con aquel famoso grabado de Francisco de Goya, no es sólo el sueño de la razón el que produce monstruos, sino también su exceso.

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Su naturaleza lo convierte en un sujeto solitario, y como tal, otro de los aciertos creativos de la serie es concederle dos heridas puntuales -discretas y enterradas bajo las capas de su orgullo, pero sin embargo presentes- : la incomunicación y el desdén por la indignidad. Una criatura como Hannibal, dentro de todo su poderío, aún necesita verse a través de los ojos de un otro que sintonice con él. La aparición de Will Graham, y más aún, sus sucesivos rechazos a devenir en aquella criatura otra que es el mismo Hannibal, le otorgan a la narrativa los momentos más ricos del personaje – aquellos donde, aunque sea por una fracción de segundo, Lecter puede ser vulnerable; donde puede volver a ser sólo humano.

Desde el principio deja clara la distancia que lo separa de los “cerdos” que sirve en su mesa: “It’s only cannibalism if we’re equals“, le aclara a Abel Gideon, antes de terminar de devorarlo. Y para un hombre que ha dedicado tanto tiempo y energía al autocultivo, el más grande obsequio que puede ofrecer a otro es la reciprocidad. Dicho esto, la gran gracia del cambio de enfoque propuesto por el equipo de Fuller, que se centra en Graham antes que en Hannibal, es justamente que le permite a este último mostrarse, ocultándose. Así, la mayor parte del tiempo estamos atrapados -como Will- en los zapatos del espectador que, enfrentado a la obra (en este caso la escena del crimen) debe reconstruir a partir de ella los pormenores de su acontecer, esperando iluminar en parte la esquiva silueta de su ejecutor.

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Hannibal es aquí un artista cuya obra nos ofrece la experiencia -porque el arte es, después de todo, una experiencia- de un mundo completamente ajeno al nuestro. A través de sus creaciones le entrega a Will los protocolos interpretativos que le permiten pararse desde su lugar, porque todo decir es un decir desde, y ver el mundo desde su perspectiva. En el fondo, el anhelo de Hannibal es hacer coincidir su perspectiva epistemológica con Will, de modo que puedan coincidir ontológicamente. La gran tragedia de Graham es que, siendo capaz de pararse en los zapatos de Lecter y ser testigo del paisaje en el que habita, aún puede regresar al suyo y juzgarlo desde allí, por eso se le asocia con un wendigo, el mal que consumo, en tanto reclama para sí nuestra completa transformación.

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