Del 1 al 10 ¿qué tan cínica me he vuelto?

Son casi las cinco de la mañana y no puedo dormir. Es la segunda noche del 2017, una transición que al igual que la antigua tradición de la confesión, simboliza la oportunidad de empezar de nuevo, limpios de todo lo malo que pudo ocurrir el año anterior. Para prepararme para este nuevo comienzo escribí en mi diario al menos 10 cartas abiertas a personas que solían formar parte de mi vida pero ya no, me senté a analizar la totalidad de mis sueños más extraños desde que comencé a llevar registro, hice un aseo exhaustivo, me deshice de bolsas y bolsas de apuntes a medio escribir, boletas de compras innecesarias, y los objetos sin uso que componían dichas compras.

Nada resultó así que en cambio, escribo.

Heredera de una educación religiosa autoflagelante de la que no he podido deshacerme, cada vez que me siento a analizar mis problemas me responsabilizo a mí misma antes que a nadie. Si alguien me rompió el corazón, es mi culpa por habérselo permitido; si no aprendí lo suficiente en la universidad, es mi culpa por preocuparme más de la visión de escuela y del cine que necesita Chile que de hacer contactos; si algún amigo se alejó, es mi culpa por no ser tan buena compañía, salir poco, y decir lo que pienso.

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Nunca he sido una persona muy sociable, pero durante estos veintiocho años he logrado formar parte de varios grupos de amigos, con éxito. Pero en los últimos años las cosas cambiaron. Y la larga recuperación después de mi operación me obligó a sentir el aislamiento y a preguntarme por qué nos alejamos.

Pasa que nuestras vidas cambian, nuestros trabajos y círculos sociales se expanden y esos intereses que antes compartíamos comienzan a divergir, pero si dejamos que el tiempo y el cambio de intereses nos distancien de personas que queremos ¿qué tanto las queríamos en primer lugar?

Voy a ser honesta a pesar del pánico que me da escribir estas palabras, porque creo que en ellas se atisba una verdad que me resulta muy dolorosa de reconocer, y muy horrible de concebir. En el último tiempo, cuando escribo textos honestos, manifiesto opiniones críticas o planteo dudas sobre temas populares siento una distancia silente, pero gigante. Y siento que esos dichos en gran medida han contribuido a que poco a poco reciba menos invitaciones a juntas, menos conversaciones casuales, menos, y menos, y menos. Y aquí es donde me cuestiono hasta qué punto mi punto de vista me ha alejado de personas a quienes quise.

Cuando salí de la universidad, en la defensa de la tesis, el jefe de la escuela nos dijo que debíamos aprender a “hacer amigos”, léase, aprendan a sonreír aunque no estén de acuerdo, aprendan a omitir sus posturas personales si son contrarias a las de aquellos que pueden conseguirles pega. Por aquel entonces decía siempre lo que pensaba, sin importar el cargo o qué tan bien conectada estaba la persona con quién discutía. Así que cuando por fin salí de ese pequeño infierno, sentí que mi ímpetu me estaba envenenando y decidí tomar una actitud más relajada, menos crítica, más doméstica.

Así conocí personas a quienes mi antigua y pedante yo jamás habría llegado a conocer. Personas creativas y con talento, con una mente inquisitiva y la voluntad de actuar para cambiar las cosas. Empecé a abrazar esas series/películas y contenido web que me hacia feliz y compartir esa felicidad con el resto del mundo (virtual). Pero llegó un momento en que me saturé. A fines del año pasado presencié el caos por la preventa del episodio VII de Star Wars me dije: no más. No voy a dejar que las distribuidoras organicen mi vida.

Una noche desperté temblando, con la sensación de haber estado perdida, dormida por mucho tiempo. Me sentí extraviada, y cuando tomé el libro de Bolaño este año supe por qué. Porque no, los bestsellers adolescentes nada tienen que ver con la descarnada literatura con la que crecí, con Lihn, con Bertoni, o con la Stella Díaz. Ni los despampanantes blockbusters de hoy se comparan con aquellos años en que Taxi Driver, Network y Rocky competían al Oscar como mejor película. Hace un tiempo un amigo me dijo que no pudo ver Hannibal porque vio un par de escenas y le pareció una serie demasiado pretenciosa y saben qué, tiene toda la razón. Es una serie en la que su protagonista está constantemente enunciando amenazas pasivo-agresivas, y para entenderlas tienes que saber cosas como quién fue Francesco de Pazzi. Una serie cuya construir audiovisual está diseñada para significar cada diálogo, cada escena, cada cuadro. No para segregar al público entre los que saben y los que no, entre los que entienden y los que no, sino porque la serie parte del supuesto que todos tenemos la inteligencia suficientes como para leer sus signos y comprender sus sentidos sin la necesidad de textos sobreexplicativos.

Siempre me he opuesto a los formalismos shuperlocos que están ahí para darle a la película un estatus de producción indie/arte/de autor, pero ¿significa eso que debemos renunciar a cada intento por explotar el cine en su forma y contenido? Hay genios en la industria que, gracias a las políticas de financiamiento de décadas pasadas, lograron florecer y hacer un cine que reconcilia a un público más amplio y menos familiarizado con el lenguaje cinematográfico, con producciones que nos exigen la voluntad de descifrar sus sentidos, que nos invitan a vivirlas, no sólo mirarlas.

Estos último tres años han sido un viaje alejándome de la universidad y regresando nuevamente a ella. Porque a pesar de los desacuerdos que tuve con varias de las personas allí, huir de su cosmovisión no significa tener que renunciar a la mía. Me gustan los autores que escriben en difícil tanto como las películas herméticas. Pero también me gustan las películas simples y honestas, por eso en mi top 5 de películas favoritas están Ladrón de Bicicletas y también El Séptimo Sello. Y me gusta el humor intelectual de los Monty Python, creo es otro modo de dirigir una crítica sobre todas aquellas realidades que aparecen como necesarias pero no son sino contingentes. Por sobre todo, lo que creo necesario es que nos hagamos preguntas en vez de levantar altares y elevar a personas comunes al estatuto de deidades.

Así que ocasionalmente seré severa con los blockbusters y los autores (no tan) indies que tienen animitas por toda la internet. Porque es lo que aprendí de mis maestros, es la forma en que las sociedades saludables esquivan la bala de convertirse en mitología y autolegimitar sus propios vicios, hay que cuestionarlo todo, incluso a nosotros mismos. Hay que hacernos preguntas incómodas y tratar de encontrar respuestas con rigurosidad y respeto hacia los otros. Porque la forma de demostrarle al mundo que nos importa es rechazar la autoindulgencia, la flojera, la “pereza intelectual” de la que hablaba Kant. Dejemos de formar círculos sociales en los que no hay cabida para las opiniones distintas, en el que los gustos personales se confunden con las verdades universales en un matrimonio más que peligroso. No nos convirtamos en la amate del poema de Baudelaire, demasiado horrorizada de mirar a los ojos a la otredad.

6 Comment

  1. Iván Ochoa says: Responder

    Me emociona leer cosas como éstas. Y más aún viniendo de ti <3

    1. Geraldyc says: Responder

      Gracias, me costó escribirlo en verdad. Pero la este año quiero escribir cosas más íntimas 😬

  2. Joan says: Responder

    Soy adicto a tus reflexiones de fin de año; y eso que tienes un par.

    Qué te vaya pulento, washa. Mi olfato me dice que vai bien encaminá…o quizás no jajaja, quien sabe.

    1. Geraldyc says: Responder

      jajaja, muchas gracias, esperemos que sea un año la raja pa´todos <3

  3. Hector Rojas Rojas Barahona says: Responder

    Buenísimo texto, lamentablemente hay muy pocos círculos que permitan opiniones divergentes, obligado a andar de a pocos

    1. Geraldyc says: Responder

      Gracias! Es cierto, pero al menos existen…. creo que la pelea parte por cuidar los que ya tenemos (:

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