Carta a Anton Yelchin

El otro día me topé con un Funko de Chekov en una vitrina, quería comprarlo, algo dentro de mí no soporta la idea de que esté allí solito mientras cientos de personas pasan sin mirarlo, pero supongo que estés donde estés sabrás que no tengo para pagarlo, que podrás perdonarme por haberlo dejado allí. Hace tiempo leí que tras la muerte del rey había súbditos de todas partes que asistían para despedirlo (respeto, tal vez; el morbo de ver al hombre más poderoso derrotado por la muerte, mucho más probable) lo que provocaba que el velorio durara demasiado como para mantener el cuerpo del monarca, así que exhibían una escultura en vez. Y quizá mi angustia nace porque formo -formamos, estamos juntos en esta- parte de esa extraña generación para la que ese pequeño pedazo de merchandising tiene un pedazo de ti.

Anton Yelchin, aprendí tu nombre demasiado tarde, ahora que ya no puedo llamarte. Porque eres de esos actores talentosos que aparecen en las películas indie que a uno le gustan pero que se quedan en nuestra memoria por sus roles en los grandes blockbusters aunque nunca lleguemos a conocer sus nombres.  O soy de esas personas que no se molesta en aprenderse el nombre de los actores indies talentosos que siempre aparecen en las películas que me gustan hasta que se vuelven lo suficientemente famosos y se convierten en el rosto de alguna franquicia ineludible y mueren.

Pero sí recuerdo la primera vez que te vi actuar, hace pocos años pero parece un siglo distinto. Uno de los canales del cable emitía The Beaver, la que encontré por azar, como pasaba cuando la tv lineal era nuestra principal forma de entretenimiento. Me acuerdo de Mel Gibson y su títere (no me acuerdo de la Jennifer Lawrence, para qué te voy a mentir), me acuerdo que la dirigió la Jodie Foster y por alguna razón, me acuerdo más que nada de ti. Pero no me molesté en aprender tu nombre, simplemente dejé que las películas en las que apareces llegaran a mí, justo como el castor.

Y vinieron las Star Trek y las Terminator. Y vinieron Only Lovers Left Alive y Green Room. Y luego supe de tu muerte. Me enteré el mes pasado ¿qué estaba haciendo en el momento justo en que tu camioneta avanzara sin importarme que estuvieras en frente?  Estaba traicionando todo en lo que creo, olvidando todo en lo que creo, viviendo un paréntesis adolescente de indulgencia, egoísmo y evasión bajo la creencia ciega que la no consciencia es la forma más auténtica de vivir.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, tú desaparecías. Y toda tu vida, tan larga como la mía, todas esas buenas actuaciones, todos los errores y las virtudes, las cosas por las que te sentías orgulloso y las que te daban vergüenza, desaparecían contigo.

¿Cómo viviste tu vida cuando la lucecita roja de la cámara se apagaba? ¿Se apaga alguna vez? Me gustaría por un momento que hubiésemos formado parte de esa otra generación, la que veneraba las esculturas de sus reyes, la que deseaba más que todo inmortalidad. Sólo aquí y ahora, una excepción para poder decirte que vivirás por siempre en nuestra memoria, que esa devoción que profesan los fanáticos perdurará y te mantendrá vivo para siempre. Que la corregiremos lo absurdo de tu muerte con la celebración eterna de tu vida. Pero no quiero mentirte, no creo que el flujo de la información constante, de la entretención constante, nos lo permita. Y lo más probable es que tu nombre se me llegue a olvidar, también a mi, un día.

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