Ansiedad de fin de año

Sé que para muchos de ustedes este es el mejor mes, pero hay algo sobre la sutil transición entre las 23:59 del 30 de noviembre y las 00:00 del 1 de diciembre que hace que todo se vuelva como una película de Lars Von Trier: LENTO Y DOLOROSO. De pronto es FIN DE AÑO y tengo que hacer las 10100 cosas que me había propuesto hacer antes del 2017. Y con una tasa estimada del 3,000009% de éxito, mi ansiedad es proporcional a mi índice de fracaso.

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Las compras navideñas. Las cuentas impagas. Las ideas para emprender el próximo año. La planificación del futuro a corto y a la largo plazo. Lo que quiero hacer con mi vida. Lo que no quiero hacer con mi vida. Los análisis filosóficos que no he hecho. Los libros que no he leído y que me quedan por leer. Son los defensores de lo políticamente correcto la antelación de una nueva era autoritaria? Por qué celebro el cumpleaños de Jesús si soy atea? En cuánto tiempo más tendremos una guerra? Por qué me gustan tanto las papas fritas? Todas preocupaciones que se traducen en insomnio y un sospechoso consuelo hallado en las bebidas alcohólicas.

Según los expertos la internet, sirve hacer listas detalladas de los pendientes para ir tachando de a poco cada uno de los pequeños pasitos que eventualmente nos llevan a cumplir las metas. Hacer ejercicios. Pintar mandalas. Escribir sobre lo que nos pone ansiosos, lo que nos molesta y lo que nos entusiasma (en ese orden). Meditar. Músico-terapia. Aroma-terapia. Se hacen una idea.

No, pero TAMPOCO SÉ QUÉ CARAJO HACER CON MI VIDA #AYUDA
No, pero TAMPOCO SÉ QUÉ CARAJO HACER CON MI VIDA #DAMETUFUERZASEÑOR

De todos los métodos para reducir la ansiedad, a parte de las pastillas para dormir, lo único que me ha ayudado un poco es la meditación filosófica (antes que se lateen, NO, no es sentarse a mirar las estrellas haciéndose preguntas ontológicas sobre los misterios del cosmos, es más un ejercicio de escritura breve y sencillo que aprendí aquí). Así pude poner en orden una idea que me venía rondando desde esta misma fecha el año pasado, cuando se anunció la pre-venta de la nueva Star Wars y todo el mundo andaba haciendo filas -virtuales y no- para comprar entradas como si en vez de sala de cine fuese la segunda Jerusalem. Una idea que continuó tomando forma después de ver The Big Short, una idea de la que ya nos advertían los señores de la Escuela de Frankfurt y también don Palahniuk: comprar se siente demasiado bien.

Este ha sido un año complicado, hice cosas estúpidas y tuve experiencias que me hacen sentir como una imbécil lo que derivó en un autodesprecio que me hizo necesitar más que nunca de algo que me hiciera sentir aliviada. Entonces empecé a darme cuenta que salir a comprar me hacia sentir bien. Demasiado bien. Empecé un pequeño recuento de todas las veces este año en que había comprado cosas que no necesitaba sólo por el hecho de que se siente bien tener cosas nuevas. Las cifras son aterradoras. Soy incapaz de reconocer aquí la obscena cantidad de cosas sin ocupar que tenía: cuadernos de series y monos chinos NUEVOS, ropa con etiqueta, accesorios que nunca usé, decenas de cremas a medio usar que terminan por vencerse.

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PD: Vean Lady Dynamite <3

Pero la idea no es reemplazar un vicio por otro sino entender las profundas implicaciones de tener uno. Los textos que he leído este año me han ayudado a reflexionar sobre la generación a la que pertenezco. Sobre el lugar central que ocupan las transacciones, el comprar algo, en el desarrollo de nuestra personalidad. El cómo nos definimos a través de las cosas que tenemos, no sólo en el sentido de usar ciertas marcas que representan cierto nivel socioeconómico sino en usar el merchandising -independiente de su costo- como una suerte de insignia que le anuncia a otros nuestros gustos, nuestras inclinaciones y lo verdaderamente preocupante: nuestras posturas políticas.

Últimamente he estado haciendo un ejercicio de autogobierno y no comprar cosas innecesarias cada vez que salgo. Ha sido difícil, he tenido muchas recaídas y cuando lo consigo termino muy mal genio. Pero en vez de entregarme a la frustración me ocupo en cosas que SÍ necesito, como ordenar mi casa, revivir este blogcín, hablar/salir con mis amigos, volver a leer ficción y ver buenas películas, no sólo los estrenos obligatorios. Lo que me ha permitido encontrar joyas como ésta:

LARGA VIDA A DIRK GENTLY
LARGA VIDA A DIRK GENTLY

Ahora ¿es una conclusión hiperbólica basada en una observación personal y muy simple? Absolutamente, mi dramatismo es más que confeso. También por esto confieso ser culpable de actuar directamente en contra de la máxima dictada por Tom y Donna, “treat yo self” Pero la consciencia de necesitar cosas nuevas constantemente para sentirme mejor sobre las condiciones de mi vida me hacen entender lo muy infeliz que me hacen esas condiciones, lo muy inconforme que estoy con mi vida. Y no se trata aquí de encontrar las respuestas a los problemas de la sociedad de la post-masa (ese es un ejercicio para gente mucho más inteligente que yo), ni la iluminación, ni que una aparición celestial le de sentido a mi existencia, se trata más bien de actuar -y no sólo repetir- que “no somos lo que compramos”, de buscar eso que me falta, eso que trato de llenar con series, películas, ropa y papas fritas.

 

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