#30Días30Películas Sonita

De pronto la masificación fetichizada de un determinado género -casi- nos hace olvidar su propósito inicial. En este documental, la voz de Sonita Alizadeh le devuelve a la música su estatuto como vehículo de denuncia, de resistencia, y en última instancia, de porfía. En un mundo en el que su voz es prohibida, Sonita nos muestra con esa fuerza y esa ingenuidad que solo la adolescencia posee, que la victimización es un camino sin salida.

Gracias al seguimiento de Rokhsareh Ghaemmaghami, acompañamos a Sonita desde sus fantasías infantiles sobre la fama, bellamente ilustrado en el contraste entre su diario de recortes y la precariedad de su vida cotidiana, hasta su ascenso como cantante/activista. Y a pesar de tocar muchas aristas sobre la vida de esta refugiada afgana en Irán, su lucha es clara, una denuncia sobre la venta de niñas como esposas según la tradición.

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Una lucha que por sí misma da para una épica, pero que gracias a la narración de Ghaemmaghami, y la fuerza de voluntad de Sonita, se transforma en un sentido retrato de una realidad compleja, una tradición tan arraigada en la cultura de una sociedad que escapa nuestro entendimiento, una costumbre que se encuentra al centro de la economía familiar incluso, cuyas ramificaciones son complejas y extensas, y nos obligan a preguntarnos por cuáles son las medidas reales a través de las cuales podría efectuarse un cambio estructural (una pregunta incómoda, porque nos obliga a dejar de lado el optimismo virtual y pensar en las acciones concretas que se requieren).

La película desmitifica el tono inmediatamente demónico con que suele tratarse el tema, y al mismo tiempo evita la funesta victimización. A pesar de la insistencia de su madre por venderla en matromonio para que su hermano pueda comprarse una esposa, Sonita no odia a su mamá ni a su hermano, porque en el fondo entiende que viven de acuerdo al orden establecido de las cosas. Y en vez de aparecer como la pobre niña que padece un terrible destino, alza la voz al respecto y gracias a la acertada intervención de Ghaemmaghami (que nos recuerda que a veces los contextos históricos nos exigen algo más que hacer películas), logra hacer visible los matices de una realidad apremiante.

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